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Las vueltas por el mundo de María José Pérez, fundadora de Comer Mejor
Historias FEN

mj04.jpgMaría José es chilena-ecuatoriana. Su papá – ecuatoriano-  es economista, lo que marcaría el ADN de varios de sus ocho hijos. Alonso Pérez, uno de los hermanos de María José, es uno de ellos, quien incluso se convirtió en uno de los negociadores de la deuda externa de Ecuador. María José, por su parte, estudió ingeniería comercial y siguió la mención de Economía, pero cuando salió del colegio no tenía interés en continuar el legado familiar: quería estudiar medicina. 

Vivió con su papá en Ecuador cuando niña, por lo que al salir del colegio le entusiasmó la idea de volver a vivir con él. Viajó a visitarlo, pensando que estaría cerca de un mes en Quito, pero su historia recién comenzaba. Estando en Ecuador compartió con su padre y Boni, su mujer, quien inspiró a María José en lo que sería posteriormente Comer Mejor. “De los ocho hijos de mi papá somos solo dos mujeres. Lo pasamos muy bien y yo disfruté mucho el tiempo él, y fue realmente muy bonito”, cuenta.

Llevaba cerca de un mes en Ecuador cuando le ofrecieron viajar a Inglaterra a trabajar como babysitter. Con 300 dólares en el bolsillo – “todo mi capital”, confiesa - se fue a Londres a vivir con una familia y cuidar a sus dos hijas pequeñas. “Yo juraba que con la plata que llevaba me alcanzaría. Pero la verdad es que terminé recorriendo Londres a pie porque no tenía ni para tomar el metro”, comenta. Ese viaje le sirvió para ganar experiencia e independencia, lo que la llevaría de vuelta a Ecuador convencida de que quería ser médico. Ya en la casa de su padre se preparó para la prueba de ingreso a la universidad y, para su sorpresa, quedó primera en medicina y recibió una beca. “Allá publican los resultados en las salas, no en el diario. Fui a buscarme en la lista de la mitad para abajo y no me encontraba, hasta que se me ocurrió mirar en los primeros lugares, y ahí estaba yo, de las primeras. No lo podía creer”.

mj02.jpgLa enfermedad de Fidel
Estudió un año medicina en Ecuador: “Allá es otra cosa. Desde el primer día trabajas en el hospital, atiendes partos y eso sumado a que no hay agua potable, es complicado. Además, realmente no pude desconectarme del sufrimiento de la gente. Estando ahí pasé una semana de festejos en Quito y fue terrible ver cómo llegaba la gente al hospital después de los accidentes. Me iba a mi casa llorando”, cuenta. 

Decidió retirarse de la carrera y probar suerte en Cuba. Postuló a medicina y se fue. Llevaba apenas unos meses en la Escuela Latinoamericana de Medicina, cuando hubo un nuevo cambio de planes, esta vez por la enfermedad de Fidel. “Por segunda vez en toda la historia se utilizó la palabra ‘proclama’. Estaban todos muy tensos”. En efecto, era un término que se había escuchado por primera vez a principios de la década del ’60, con la llegada de Castro al poder. Esta vez, sin embargo, la proclama explicaba los motivos de la cirugía a la que fue sometido Fidel, y que en su reemplazo asumiría su hermano, Raúl Castro.

“Había una paranoia con que iban a llegar los gringos, que empezaría una guerra civil, así que cerraron la escuela de medicina hasta tercer año. Al resto los mandaron a estudiar a otros países. Después de todo lo que pasó dije, ya, esto no es para mí”.

De regreso en Ecuador pensó en estudiar economía en ese país, pero su padre le aconsejó que regresara a Chile. Él, formado en Cuba, pensaba que Ecuador no era el mejor lugar para estudiar economía. Preparó la PSU y, como no estaba totalmente segura, entró a Bachillerato en la Universidad de Chile. Un año más tarde estaba tomando los primeros ramos de ingeniería comercial. “Llegué a Chile a vivir como turista. Alojaba en hostales, no tenía nada. Después viví con amigos y dormí en todos los livings que te puedas imaginar, hasta que finalmente pude arrendar un departamento”. Para costear sus gastos trabajó limpiando algunos departamentos de su edificio, haciendo clases particulares a niños y planchando ropa, “cosa que hago pésimo”, confiesa.

Todos los caminos llevan a Torino
“Llegué a ese departamento un 30 de diciembre y es el mejor año nuevo que recuerdo. Llegaron cinco amigos con un hervidor, una olla, tallarines y fue la gran cena. Ahí comenzó todo de nuevo”, comenta. Lo que vendría después María José lo cataloga casi como un milagro: empezó a hacer ayudantías, recibió un dinero extra y, gracias a la asesoría de algunos profesores de la Universidad, logró comprar el departamento donde hoy vive. “Era la felicidad máxima. Todo era más normal y lo mejor es que dejé de planchar”, cuenta entre risas.

Estando en Ecuador, gracias a Boni,  redescubrió la comida. “Los cubanos en general tienen otro contacto con los alimentos, pero ella me enseñó que invitar a comer, elegir los alimentos, cocinar, es demasiado importante porque se pone mucho amor y cariño. Siento que aprendí a comer y a disfrutar alimentos que antes no disfrutaba. Dentro de mi presupuesto tenía una cierta cantidad de plata para comida y fue ahí que empecé a conocer las picadas, la Vega, los caseros, a qué hora es mejor ir, y un día empezamos a conversar con unos compañeros sobre cómo cocinábamos, cuánto se gastaba y coincidimos en que no era caro comer bien. Así nació Comer Mejor”.

Siguiendo la buena racha que la acompañaba, la incentivaron a postular el proyecto a Slow Food en Italia, ya que en Latinoamérica no se había hecho nada similar. “Lo presenté y quedé seleccionada. Fui a Italia a presentar el proyecto a la actividad Terra Madre, en Torino y, después de eso, ya lo han aplicado en universidades en Holanda y colegios en Estados Unidos, donde pegó mucho”, cuenta. Mientras María José estaba en Italia, otros voluntarios de Comer Mejor presentaban el proyecto en Argentina, donde ganaron el premio a la mejor iniciativa latinoamericana.

mj03.jpgCuerpo sano, mente sana
El día de María José parece tener más horas. Tantas actividades sólo se pueden lograr con disciplina y orden, algo que conoce bastante bien. Hace 12 años practica biodanza, y asistió a las clases que dictaba el fundador de la disciplina, Rolando Toro. Además, hace natación hace 17 años e incluso fue seleccionada nacional de nado sincronizado mientras estaba en el colegio. “Era una estudiante más, no daba exámenes libres. Entrenaba seis horas diarias, de 05:00 a 07:00 y después de clases, entre las 18:00 y 22:00 horas, seis días a la semana. Ese entrenamiento me sirvió para llevar el ritmo de estos años”.

Esta semana María José da su examen de título. Su sueño es crear una suerte de Microdatos, pero alimenticio, que le permita investigar sobre los hábitos de los chilenos y cómo incorporar un modelo de alimentación saludable que nos permita vivir mejor. Sabe que tal vez le tome tiempo lograrlo, pero ya está en marcha.


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